El destino llama a la puerta de la periodista Clara Cobián el día que recibe el encargo de trasladarse a Nueva York para realizar la biografía de Greta Bouvier, la dama más misteriosa de la alta sociedad internacional, una maestra en el arte de esconder secretos y de manipular a los que la rodean. Las dos mujeres están unidas por su relación con Hinestrosa, uno de los escritores más famosos de España, con el que Clara mantuvo un romance del que no salió muy bien parada.

Nueva York, otoño de 2002.

Greta nunca salía de casa sin una gardenia en el ojal. O una rosa de té, blanca y breve, como su taconeo de paloma inquieta. A estas alturas de su historia trataba a la vida como a una vieja amiga y era capaz de perdonarle hasta sus desplantes más crueles. Sabía que algunos recuerdos duelen para siempre; que el tiempo tiene la fea costumbre de dejar su firma en el rostro de quienes lo ven pasar; que ciertas personas no aprenden jamás; que las que nacen buenas casi nunca se tuercen, y que las que nacen malas no tienen remedio. Acababa de cumplir setenta y seis años —aunque sólo bajo el bótox y el lifting; frente al espejo nadie le hubiera adivinado más de sesenta—, pero era frágil. Frágil de andares y firme de carácter; una contradicción que le amargaba la existencia, ya que si no fuera por esos vuelos tan cortos y esas plumas tan deshechas, y esos huesos tan quebradizos, Greta Bouvier todavía sería aquella dama de largometraje que hacía maldecir su suerte a cada hombre que se cruzaba con su mirada y se descubría sin ella entre los brazos.

Se empolvaba la nariz antes de salir y se colocaba la flor en la solapa. La arrancaba del tallo largo evitando las espinas, o del barullo de hojillas tiernas de las que brotaba aquel botón de nieve en que consistía todo su perfume de esa mañana.

—Huele a verano —le decía al aire.

Y dejaba que los frascos de Chanel N.º 5 la aguardaran encerrados en el armario del tocador mientras levemente, en su ausencia, se iba evaporando su contenido, gota a gota, de alcohol y jazmines.

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