Alicia Trevi vive su particular vida de GLAMUR en Madrid. Pronto estrenará película, está más delgada que nunca, goza de una privilegiada tarifa de datos que satisface su NOMOFOBIA y, además, se está tirando al GUAPAZO nacional del momento.
¿Qué más podría desear? Lo tiene todo.

Cuando por fuerza mayor se ve obligada a instalarse en un pequeño pueblo en los confines de La Mancha, y malvivir durante un mes en una casa destartalada con un corral de gallinas pegado a su habitación, siente que su mundo se derrumba de golpe, y más, cuando encima tiene que lidiar con todo ese horror sin una mísera conexión WIFI con la que poder aislarse en su universo telemático.

Todo sería más fácil, si el dueño de las gallinas, un guardia civil muy SEXY, pero con muy MALAS PULGAS, tuviera el detallazo de prestarle sus megas, pero él no solo se niega a compartirlas, además, tiene la desfachatez de detenerla por un delito de nada y de tildarla de enferma mental. Pero ese no es el único problemita al que tendrá que enfrentarse Alicia mientras dure su TORTURA rural.

Una HERENCIA, un SECRETO familiar, muchos sueños por cumplir y dos CORAZONES que latirán a mil por hora.

¡Ríe, llora, suspira y disfruta en tu cuerpo el amor con chispa de esta nueva COMEDIA ROMÁNTICA de NINA MININA! Llena de momentos hilarantes, un montón de QUÍMICA SEXUAL y una pareja dispar que jamás olvidarás.

No sé qué me das… en Santo Domingo

—No contestes —me pidió Alex, entre jadeos, al oír el móvil tronando No sé qué me das en la inmensidad de mi capazo de croché ecológico.

Había elegido esa canción, como tono de llamadas, porque me recordaba tanto a Alex como a la película que acabábamos de rodar ambos, y donde nos habíamos conocido profesional, personal e íntimamente. Las dos cosas más grandes que me habían pasado en los últimos meses. Era una canción con muy buen rollo y me daba buenas vibras, pero en aquel momento, como una oscura premonición de Cuarto Milenio, esa canción acabó con la sensación de paz que tanto me había costado conseguir tras ocho semanas de rodaje.

—No entiendo por qué no puedes dejar el móvil apagado. Estamos de vacaciones en Santo Domingo, el puto paraíso. Disfruta, Ali. Olvídate del móvil y de todas las jodidas redes sociales en las que estás registrada —añadió, viendo que suspendía de golpe el frotis y me inclinaba a un lado para recoger el capazo del suelo y buscar dentro.

No podía. Era un poderoso imán que me atraía con su magnetismo omnipotente, como un pastel de fresas y nata a un enjambre de moscas. Con cierto hipnotismo y nepotismo acaparaba toda mi atención tan pronto repiqueteaba con algún aviso. Debería desactivarlos, lo sé, pero no podía; era escucharlos y sentir el aguijón de la primaria necesidad pinchándome los dedos ávidos de sentir su tacto, deslizar el dedo por la suave pantalla, descubrir el origen del aviso, leer el mensaje y responder.

Llegados a este punto, pongámonos primero en mi lugar. Yo era Alicia Trevi y me debía, en gran parte, a mis fans. Estaban esperando mis «Me gusta», mis RTs, mis comentarios…

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