Hola, soy Rishelle:

Os hablaré de Kainer Scott Lynn, un ser especial distinto al resto de los mortales. Una persona particular, un ángel del cielo y una delicia de alma dañada que solamente me tiene a mí. En definitiva, un chico roto del que me enamoré.

Lo que existe entre nosotros dos es exclusivo, único, verdadero. Ambos sabemos cómo amarnos y cómo tratarnos, especialmente cuando sus miedos le atacan constantemente. Él es mío y yo soy suya aunque para los ojos de la sociedad seamos hermanos; una piedra en el camino que nunca nos ha importado.

A continuación leeréis las razones que me cegaron ante el humano que más amo en mi vida.

Esta es mi historia, y comenzó justamente cuando él se volvió en mi contra.

Sinceramente, Rishelle Lynn.

—Presiento que te despides de mí.

—Lo hago, —me centro en sus ojos negros que me miran desolado —pero no me iré de tu lado. Estaré aquí, contigo.

—¿Qué será de mí mientras tanto? Si no sales de la cama, de casa. Si algún día te beso y ya no… ya no sientes lo mismo. Te lo juro, tengo un nudo en mi garganta.

Juega a recoger mi pelo húmedo que se pega a mi piel y sopla sutilmente para calmarme. Yo también necesito un poco de tregua cuando se trata de nosotros dos, cuando abre su corazón nunca estoy preparada para lo que dirá.

—Te protegeré. Seré tu guardián. No descansaré hasta tenerte conmigo para siempre, —le hago un ronroneo porque se me eriza la piel, —siempre estaremos juntos. Prométemelo, hazlo por mí, prométeme que me esperarás.

Arruga los ojos por un pinchazo en su cabeza, ha soltado mi pelo y se ha llevado la mano a su sien.

—Aguarda en la cama mientras rebusco en las medicinas. Encontraré algo para el dolor.

—No, quédate. Por favor.

—¿Quieres que te dé un masaje? Dime, ¿qué hago?

—Solo… solo estate aquí. Conmigo.

Le hago caso sentándome a su lado, besando con cariño su rostro. Los dos nos quedamos en silencio durante un largo periodo de tiempo en el que se golpea varias veces la cabeza, luego el brazo y por último el vientre. Uno de sus gritos me ha puesto en pie, nerviosa, insólita ante la imagen de ver cómo se está destruyendo.

—Vuelvo en un suspiro. Aguanta un poco, cariño.

Salgo corriendo de la habitación aligerando el paso por las escaleras en las que troto muy rápidamente.

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