Para Morgan Yancy, jefe operativo de un grupo paramilitar, su trabajo era lo primero. Pero, tras sufrir una emboscada en la que estuvo a punto de morir, su supervisor estaba más que decidido a descubrir quién iba tras los miembros de su escuadrón de élite… y por qué. Ante el temor de que el desconocido enemigo volviera a atacar, Morgan había sido enviado a un lugar aislado para permanecer oculto, aunque vigilante. Sin embargo, entre la atractiva anfitriona a la que estaba decidido a proteger, y una mortífera amenaza agazapada entre las sombras, pasar desapercibido demostró ser la misión más peligrosa a la que se había enfrentado jamás.

Bo Maran, la jefa de policía a tiempo parcial del pequeño pueblo montañoso de Virginia Occidental, había conseguido al fin construirse la vida que deseaba. Tenía amigos, un perro y algo de dinero en el banco. Y de repente Morgan apareció ante su puerta. Bo no necesitaba a ningún hombre misterioso en su vida, y menos uno tan problemático, atractivo y hermético como Morgan. Ella ya tenía bastante con apaciguar a los habitantes de Hamrickville tras una disputa personal que se había torcido.

A medida que pasaban los días y las semanas, más difícil les resultaba a Bo y a Morgan luchar contra la intensa atracción y la creciente intimidad, a pesar de que ella era muy consciente de que ese hombre se escondía de algo. Sin embargo, descubrir la verdad podría costarle a Bo más de lo que estaba dispuesta a dar. Y, cuando la tapadera de Morgan fue descubierta, podría costarle la vida.

Capítulo 1.

Era uno de esos luminosos días de principios de marzo que te hacen pensar que la primavera ya ha llegado, a pesar de que la zorra del invierno aún no había retirado sus zarpas para marcharse de la ciudad. De todos modos no era raro que Morgan Yancy no supiera en qué época del año vivía. Tenía que pararse y pensar: ¿se encontraba en el hemisferio norte o en el sur? Su trabajo lo obligaba a viajar casi sin previo aviso a los lugares más recónditos e infernales del mundo. No era raro que desde el Ártico se dirigiera al desierto de Irak, y después a Sudamérica, allí donde su talento fuera requerido.

Hacía treinta y seis horas que había llegado al diminuto apartamento que llamaba su hogar. Tras dormir veinticuatro horas seguidas, había despertado para descubrir que sus días se confundían con las noches. No era la primera vez, y no sería la última. Permaneció un rato despierto, comió unas galletitas rancias con mantequilla de cacahuete, se desperezó, corrió más de once kilómetros en medio de la noche hasta agotarse y volvió a quedarse frito.

Cuando despertó era primavera, o como si lo fuera.

Se dio una ducha fría con la intención de deshacerse de las telarañas de su cerebro, y luego rebuscó en la nevera hasta encontrar unos restos de café molido, suficiente para preparar una cafetera. Bastaría. Destapó el cartón de leche y lo olió, hizo una mueca de asco y vertió el contenido por el sumidero. También encontró un pedazo de queso verduzco, que arrojó al cubo de la basura. Definitivamente iba a tener que ir a la compra mientras estuviera en casa.

Artículo anteriorAmante habitual: Deseo – Natalie Anderson
Artículo siguienteAmerican Visa – Marcelo Rioseco

Dejar respuesta

Please enter your comment!
Please enter your name here