Dos maneras de amar en la Edad Media.

En la Edad Media, dos mujeres buscaron el amor de maneras muy distintas. Una lo encontró en el amor divino, la otra sufrió por amar a un hombre en un mundo oscuro y opresivo para las mujeres.

Esta novela recupera la historia de Santa Clara de Asís y Bona di Guelfuccio, dos mujeres que vivieron en el siglo XIII.

En el año del señor de 1212, una muchacha de Asís decidía huir del destino dictado por su familia. Sus designios eran más elevados. Su huida marcaría su vida y la de todos aquellos que la conocieron. También la de cientos mujeres y hombres en siglos posteriores.

En el proceso de canonización de Santa Clara de Asís, muchas jóvenes que la siguieron en su camino de renuncia fueron testigos de su vida milagrosa. Pero la única muchacha que no traspasó los muros de San Damián fue precisamente la que ayudó a la entonces Clara di Offreduccio a conseguir su gran objetivo.

Esta es la historia de dos mujeres que siguieron caminos distintos. Ambas buscaban lo mismo, alcanzar el amor.

Basada en hechos reales, esta novela es el retrato de la vida de las mujeres en plena Edad Media.

Nota de la autora.

En el año del señor de 1212, una muchacha de Asís decidía huir del destino dictado por su familia.

Sus designios eran más elevados. Su huida marcaría su vida y la de todos aquellos que la conocieron.

También la de cientos de mujeres y hombres en siglos posteriores.

En el proceso de canonización de Santa Clara de Asís, muchas jóvenes que la siguieron en su camino de renuncia fueron testigos de su vida milagrosa. Pero la única muchacha que no traspasó los muros de San Damián fue precisamente la que ayudó a la entonces Clara di Offreduccio a conseguir su gran objetivo.

Esta es la historia de dos mujeres que siguieron caminos distintos. Ambas buscaban lo mismo, alcanzar el amor.

Introducción.

El amor que no puede sufrir no es digno de ese nombre

Atribuido a Santa Clara de Asís (1194-1253)

Monasterio de San Damián, invierno de 1236

La campana de San Damián, vieja y oxidada, resonó en la fría mañana. Cuando sor Felipa, la monja tornera, se acercó a la puerta que separaba su mundo del exterior se sorprendió al oír aquella voz dulce.

No era una de las muchas gentes de la comarca que venían a dejar sus donativos a cambio de algún milagro. La muchacha quería hablar con sor Clara, la madre superiora. ¿Por qué debía molestar a la Madre? Preguntó con dulzura sor Felipa, demasiado acostumbrada a escuchar aquella súplica desde el otro lado del muro. Preparada como estaba para dar la misma respuesta de siempre, nuestra Madre se encuentra en retiro o descansando o demasiado exhausta para recibir a nadie (no se preocupe que rezará por todos ustedes), la joven respondió con decisión, cambiando de repente el tono de voz. Tenía un mensaje urgente, importante, para sor Clara y no podía esperar. No se iría de allí hasta habérselo dado en persona.

No supo cómo pero sor Felipa se encontró, por primera vez en mucho tiempo, sin argumentos para frenar la voluntad de la muchacha que permanecía al otro lado con tono decidido.

― Me estoy helando, hermana, tenga piedad de una pobre alma que necesita transmitir una última voluntad a sor Clara. Había dicho la muchacha. Y, a pesar de que sor Felipa sabía a ciencia cierta que dentro de San Damián no apaciguaría los temblores del cuerpo, abrió la pesada puerta que se encontraba junto al torno. Mientras abría aquella ruda lámina de madera carcomida miró de reojo a la joven.

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