Hace siete años que Kate Harper vive recluida en el campo con su hijito Tygue y su escritura.

El éxito de su novela y su repentina notoriedad parecen paralizarla.

Tiene que participar en la promoción del libro y de la película basada en el mismo pero se niega a afrontar al mundo y se encierra en si misma.

Kate tiene un secreto que no se atreve a compartir ni con su hijo ni con su amante.

Casada con un célebre astro del deporte profesional, Kate era feliz.

Pero la carrera deportiva de su marido, Tom, entra en declive y él, convertido en un iracundo alcohólico y pendenciero, intenta suicidarse.

No muere, pero queda convertido en un despojo humano y va a parar a una institución para enfermos mentales.

Kate, se refugia en el campo y ayudada por su amiga Felicia inicia una carrera como escritora y cría a su hijo con todo el amor del mundo, pero sin decirle la verdad sobre el paradero de su padre.

Se enamora, pero Tom vive y ella está casada con él.

Capítulo 1.

El despertador sonó poco después de las seis.

Kaitlin Harper se incorporó en la cama. Su pelo largo y castaño, peinado aún en trenzas como el día anterior, le caía sobre los hombros y su rostro estaba bronceado por el sol. Sonó el teléfono y descolgó el aparato después de proferir un suspiro. Tenía una boca delicada, que sonreía con frecuencia cuando ella estaba contenta, pero aquel día sus ojos verdes mostraban ya una expresión demasiado seria. Acabó por despertarse. Resultaba mucho más fácil dormir y olvidar.

—Hola, Kate.

Sonrió al reconocer la voz. Ya se había imaginado que sería Felicia. Nadie más sabía dónde localizarla.

—¿Qué haces levantada a estas horas?

—Lo de costumbre.

—¿A las seis de la mañana? Pues vaya costumbre —dijo, sonriendo ampliamente. Conocía demasiado bien a Felicia Norman y sabía cuánto le costaba levantarse antes de las ocho—. ¿No tienes nada mejor que hacer en vez de comprobar mi paradero, Licia?

—Parece ser que no. ¿Qué hay de nuevo?

Casi podían oírse los esfuerzos que Licia hacía por despejarse. Su pelo rubio y bien cortado, que le caía sobre los hombros, reposaba sobre la almohada mientras una mano bien cuidada cubría sus ojos azules. Al igual que Kate, Licia tenía cara de modelo, pero contaba doce años más que Kate.

—Ninguna novedad, tonta. Y te quiero. Pero estoy bien. Lo prometo.

—Estupendo. Pensé que quizá te gustaría que nos encontrásemos ahí.

—No, Licia. Estoy bien. Además, los de los almacenes acabarán echándote a la calle si cada dos por tres les dejas plantados para venir a cuidarme.

Felicia Norman era directora de modas de uno de los almacenes más elegantes de San Francisco y Kate la había conocido en sus tiempos de modelo.

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