Oxford. Década de los sesenta. El profesor Henry Lytten intenta escribir una nueva historia de fantasía que supere la obra de sus predecesores, J. R. R. Tolkien y C. S. Lewis. Y encuentra una confidente en su vecina Rosie, una adolescente de quince años.

Un día, mientras persigue al gato del profesor, Rosie encuentra una puerta en su bodega que le llevará a un mundo idílico, conocido como Anterworld, una tierra bañada por el sol de los narradores, las profecías y los rituales. Pero ¿es este acaso un mundo real? ¿Y qué pasa si ella decide quedarse? Mientras se embarca en una aventura que puede llevarla de vuelta a casa, en un laboratorio, un científico rebelde está tratando de probar que el tiempo (pasado, presente y futuro) no existe, con consecuencias potencialmente devastadoras.

Capítulo 1.

Imagine un paisaje. Bañado por la luz del sol, con un olor dulzón de la llovizna que cayó por la noche y cesó al despuntar el alba. Un poblado bosquecillo de encinas crece al pie de una colina, el agua gotea con un suave murmullo, que hace que al caminar el suelo esté humedecido pero firme. A lo lejos, una pequeña extensión de agua, brillante y reluciente, refleja la luminosidad del cielo. El ancho río es de un azul tan translúcido que casi no se distingue del firmamento. Sólo la vegetación marca la división entre los campos y la sucesión de colinas bajas que se yerguen más allá. Ahora hace calor, pero más tarde será más caluroso; no se ve una sola nube. Abajo, a la orilla del río, están los agricultores con sus horcas, desplegándose por los sembrados, algunos ya manos a la obra.

Un niño los mira desde arriba. Están lejos, y ve que hablan en voz queda y seria, impacientes por empezar con el trabajo de la jornada. Al hombro lleva un pellejo vacío: va a buscar el agua que muy pronto, cuando el sol esté en el cénit, necesitarán los hombres. El agua del arroyo es fría, pues procede de las colinas que se alzan lejanas, que delimitan los confines de su mundo. El niño no sabe qué hay al otro lado. Todo su universo se encuentra ahí, el puñado de aldeas con sus rivalidades, las estaciones y sus cosechas, los animales y las festividades.

Está a punto de abandonarlo para siempre.

Se llama Jay. Tiene once años y es un niño normal y corriente, aunque tiende a importunar a la gente con sus preguntas.

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