Una noche, muy tarde, acosada por un repentino ataque de hambre, una pareja que apenas ha empezado a convivir y casino tiene comida en casa decide salir a buscar un restaurante abierto donde poder saciarse.

El hombre confiesa a su compañera que ya ha sufrido otro episodio similar en el pasado, resuelto con el asalto a una panadería, donde él y un amigo de la época pudieron comer pan hasta hartarse a cambio de recibir una imprecisa maldición y escuchar sin ganas la música preferida del panadero, fanático de Wagner. Desaforada, la pareja cede a la presión del hambre y sale a la noche de Tokio armada con una vieja escopeta, buscando el olor a pan.

Asaltar la panadería.

Fuera como fuese, teníamos hambre. No, no es que tuviésemos hambre. Era más bien la sensación de haber engullido todo un vacío cósmico. Al principio parecía algo muy pequeño, como el agujero de un dónut. Pero, conforme pasaban las horas fue aumentando rápidamente de tamaño en nuestro interior hasta convertirse en una nada insondable.

¿A qué se debe la sensación de hambre? La sensación de hambre se debe, por supuesto, a la falta de alimentos. ¿Y por qué suelen faltar los alimentos? Porque no se dispone de los debidos bienes de intercambio por un valor equivalente. Y, entonces, ¿cómo es que no disponíamos de bienes de intercambio por un valor equivalente? Pues tal vez porque carecíamos de imaginación. Hasta es posible que el hambre no fuese más que una consecuencia directa de nuestra falta de imaginación.

No importa.

Dios, Marx, John Lennon: todos han muerto. Fuera como fuese, teníamos hambre y, en consecuencia, avanzaríamos por la senda del mal. No es que el hambre nos hubiera encaminado hacia el mal, sino que el mal nos había encaminado hacia él mediante el hambre. No acabo de entenderlo bien, pero el razonamiento tiene un aire existencialista.

—¡Yo ya no aguanto más! —dijo mi compañero. Esa era, en pocas palabras, la situación.

No nos faltaban razones. Los dos llevábamos un par de días enteros sin ingerir más que agua. Solo una vez nos habíamos arriesgado a comer unas hojas de girasol, pero no nos sentíamos inclinados a repetir la experiencia.

De modo que agarramos un cuchillo de cocina y salimos hacia la panadería. La panadería estaba en el centro de la zona comercial, entre una tienda de futones y una papelería. El panadero era un cincuentón calvo, miembro del partido comunista.

Artículo anteriorArcadia – Iain Pears [Español]
Artículo siguienteSobre el poder – Byung-Chul Han

Dejar respuesta

Please enter your comment!
Please enter your name here