“No se atrevió a refrenarse para callarme, así que gruñó e inició una cadencia brutal que exterminaría cualquier otra experiencia que hubiera tenido antes de esta”.

Existen distintas clases de amor. En eso estarán de acuerdo conmigo. Pero ¿qué hacer cuando el objeto de tu más grande pasión es la persona más cercana a ti y revelarlo abriría la posibilidad de perderlo para siempre? ¿Te arriesgarías y apostarías todo por ello, o le dejarías ir? La felicidad no puede medirse en palabras… vive en las acciones. Y ellas son las que nos definen.

Relato largo de romance erótico sacado de la Antología Mínima Erótica, extendido, modificado y editado para conveniencia del lector. ¡No querrás perdértelo! Ahí donde nace el delirio, muere el egoísmo.

Introducción.

Este relato fue creado para su presentación en el libro Antología Mínima Erótica, número III de la Serie Delirios y Amores, escritos por su servidora. Sin embargo, lo he apartado para su distribución independiente, ya que me gustaría ofrecer al lector la oportunidad de absorber la esencia de la historia por sí sola y a un precio menor, puesto que muchas veces no es posible adquirir el libro completo por cuestiones monetarias; al apartar el relato de su antología original, puedo utilizarlo para presentar mi trabajo de manera gratuita en Amazon cada vez que se me permita. Ha sido modificado y extendido para su deleite. Les agradezco enormemente su apoyo a mi trabajo. Un gran beso y abrazos desde mi Mérida, Yucatán.

“No se atrevió a refrenarse para callarme, así que gruñó e inició una cadencia brutal que exterminaría cualquier otra experiencia que hubiera tenido antes de esta”.

Mientras todos mis compañeros veían la película de terror que habíamos rentado para aquel viernes por la noche, mi mente solo podía concentrarse en su sonrisa sensual, varonil y pícara de dientes blancos y aperlados. Luke era mi mejor amigo desde que tenía memoria y le adoraba. Habíamos estudiado juntos la primaria, secundaria y la prepa, y ahora que era toda una profesionista hecha y derecha, comunicóloga para ser precisa, continuaba fiel a mi lado. Nunca fue del todo sencillo quererlo, puesto que su carácter cambiante distaba mucho de ser afable. Le gustaba que su voluntad imperara por sobre la de cualquiera, era necio, un tanto soberbio y prepotente, y algunas veces tan ególatra que me daban ganas de azotarlo contra una pared. Sin embargo, lo compensaba con detalles inesperados como mensajes de texto o llamadas cada que sospechaba de que algo no marchaba del todo bien en mi vida, regalos originales en mis cumpleaños del tipo hecho por uno mismo  —siendo el más valioso una roca de río grisácea tomada de la primera vez que viajamos juntos a una cascada, que tenía grabadas sus iniciales—, y abrazos y besos espontáneos seguidos de exactamente tres segundos de silencio que en su idioma poco reconocido significaban: “no iré a ninguna parte”. Todo aquello era perfecto en su imperfección, a pesar de que esta noche estuviera en un punto bastante insoportable al verme obligada a contemplar a su estúpida sin sesos número cuarenta y cinco, y contando sin poder chistar. Sentía que me asfixiaba o peor, que en cualquier momento me levantaría a ahorcarla si volvía a pronunciar palabra con esa voz chillona. ¿Por qué debía soportar sus estereotipos? No toleraba a la tipa.

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