El testimonio de un español que volvió a la vida después de pasar cinco años en Mauthasen.

A los noventa años, Ramiro Santisteban aún recuerda con desolación el día que él y su familia tuvieron que abandonar su tierra natal huyendo de las tropas nacionales. Acogidos por el país galo, el ejército francés le alista en sus filas junto a su padre y a su hermano cuando estalla la Segunda Guerra Mundial y le traslada e n tren al norte de Francia. Es en ese lugar donde los tres caen prisioneros de los alemanes y son conducidos al campo de exterminio nazi de Mauthausen, en Austria. Allí, Ramiro asiste a escenas que jamás podrá olvidar: el horno crematorio siempre humeante, castigos constantes a los prisioneros judíos, cámaras de gas de donde los compañeros nunca salen, humillaciones, vejaciones sufridas en carne propia, hambre, dolor, enfermedades y una sola idea en mente: sobrevivir.

Cinco años después, cuando por fin él, su padre y su hermano son puestos en libertad, el padre muere en París con los pulmones destrozados. Manuel, su hermano, decide pasar la frontera ilegalmente e ir al encuentro de su madre, pero es acribillado a balazos por la guardia civil. La suerte de Ramiro es otra. Destrozado por el dolor de una vida deshecha y por la muerte de los suyos, trata, como puede, de iniciar un nuevo periodo de su vida en París. Conoce a Niní, una funcionaria del Ministerio de Justicia por cuyas manos pasan los expedientes de los criminales nazis. Junto a ella, consigue borrar el dolor de tanto sufrimiento para así poder iniciar una nueva vida.

Laredo.

El resplandor del amanecer comenzaba lentamente a iluminar la habitación donde dormían Nicasio y Silvina. Venteaba la mañana y los sonidos de contraventanas chirriando al son de las inclemencias del tiempo no despertaron a la pareja; lo que sí consiguió espabilarlos fue ese dolor insistente que de pronto empezó a sentir la mujer.

—Nicasio, que ya viene, me estoy poniendo de parto —susurró ella sin ánimo de alterar a su marido, que aún dormitaba a su lado.

—¿Estás segura, Silvina? —contestó él medio dormido pero saltando de un brinco de la cama.

—Sí, estoy segura. Ya es el cuarto, no soy ninguna primeriza. Vete a llamar a la abuela Rosa y avisa al doctor Ángel Senderos y a la señora María, la comadrona. ¡Ay, ay, ay!… Otra vez. ¡Me duele mucho!

Se despedía ese agosto de 1921 con una tormenta de verano, y mientras Nicasio se ponía a toda prisa los pantalones y la camisa para salir tan veloz como el viento que azotaba en ese instante las puertas y ventanas de la casa en busca de ayuda, un gato de porte aristocrático le observaba atento desde el pasillo.

Nicasio, sin perder un minuto, se dirigió al cuarto de la abuela Rosa y aporreó la puerta con ganas mientras decía:

—Rosa, despierte, Silvina se ha puesto de parto. Se tiene que quedar con ella. Yo me voy a buscar a la comadrona y al doctor Ángel Senderos.

—Ya voy, hijo, ya voy. No te preocupes; tú vete, que yo me hago cargo de todo.

Así vio el pequeño Ramiro sus primeros rayos de sol; tras una tormenta de verano que duró poco más que un suspiro…

Dejar respuesta

Please enter your comment!
Please enter your name here