Interpreta los gestos de la seducción.

Si Charles Darwin, a la edad de 67 años, mientras escribía su autobiografía, reconocía que era incapaz de expresar sus ideas y sentimientos de manera correcta y precisa…, ¿qué queda, entonces, para el resto?

Consultadas por su capacidad de comunicación, la mayor parte de las personas suelen definir sus habilidades de manera precisa. «Sí, sin duda, soy un buen comunicador»; o bien, «me cuesta expresarme, no consigo encontrar las palabras», o «para nada, no tengo problemas para transmitir lo que siento», son frases habituales que, sin embargo, carecen de una parte importante del análisis.

La mayoría de estas evaluaciones se realizan a partir de la observación de la capacidad de comunicación en el plano estrictamente verbal. La habilidad, o la carencia de ella, para expresar a través del lenguaje aquello que pasa por nuestro fuero más interno. Aquello que tiene que ver con nuestros sentimientos o con nuestro raciocinio. Prácticamente nadie se refiere o hace mención a aquello que se dice cuando no se habla. A la forma en que sus muecas faciales, sus gestos inconscientes o su presencia en el espacio hablan sobre aquello que quiere expresar. La comunicación no verbal es, como siempre, la gran olvidada de las múltiples capacidades humanas.

Al inicio de su vida, con apenas meses, un bebé es capaz de comunicarse sin decir palabras. Está en pleno contacto con el mundo y abierto al universo del lenguaje a través de sus movimientos: sus gestos, sus expresiones faciales, su manera de moverse en el espacio comunican lo que en ese momento quiere o siente.

¿Qué es el amor?

No es objetivo de este libro definir el amor, pero sí que es importante situarlo para entender el escenario en el que se da la comunicación no verbal que con él se genera.

En su definición más aséptica, la que podemos encontrar en el diccionario, el amor es un «sentimiento intenso del ser humano que, partiendo de su propia insuficiencia, necesita y busca el encuentro y unión con otro ser». También se explica como «el sentimiento que tenemos hacia otra persona, la que naturalmente nos atrae y que, procurando reciprocidad en el deseo de unión, nos completa, alegra y da energía para convivir, comunicarnos y crear», o más simplemente, como la «inclinación o afección profunda hacia una persona».

En las tres definiciones detectamos términos clave que nos remiten irremediablemente a la realidad del amor: es posible desarrollarlo de manera individual –el amor propio–, pero aquel amor con mayúsculas, EL AMOR, se concibe siempre en relación y en conexión con el otro.

Tal y como explica Rafael Bisquerra en su libro El universo de emociones, publicación que persigue ordenar el nutrido ecosistema de emociones humanas en un trabajo conjunto con el divulgador científico Eduard Punset y el estudio de diseño Palau Gea, el amor es, probablemente, la emoción más compleja que existe. Se la considera una emoción básica, pero dada la gran cantidad de sentimientos asociados que tiene, los cuales además se mueven desde el polo más positivo al más negativo, muchos de los teóricos que han abordado el tema de las emociones humanas dudan en clasificarla como una de las emociones básicas.

La investigación de Stephanie Ortigue, de la Universidad de Syracuse (Nueva York), en su trabajo titulado La neuroimagen del amor lo confirma.

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