Cómo dejé las drogas y el alcohol.

Más allá de mis aventuras y desventuras.

«Tu historia tiene que conocerse, tiene que salir a la luz. Eres un ejemplo de superación como conozco pocos.» Tras una breve conversación, fruto de un encuentro prácticamente casual, un periodista al que ahora considero un buen amigo me animaba a sacar a la luz mi historia. No la del laureado waterpolista que lo había ganado todo y formaba parte de la mejor generación que ha dado este deporte en España, por la que él mismo no se había interesado, sino una bien distinta, hasta entonces desconocida: la de un triunfador caído en el olvido a quien el alcohol, la cocaína y otras sustancias habían destrozado la vida, pero que, con ayuda y tesón, había asumido que estaba enfermo y había podido superar su adicción. Ése fue el principio de Mañana lo dejo, que vio la luz a principios de 2008 y, para mi sorpresa, se convirtió en un éxito editorial que se situó durante meses en el ranking de los libros más vendidos en España.

Allí, como me pedía mi amigo, explicaba mi historia: mi ascenso a la gloria deportiva y mi hundimiento a causa de una enfermedad desconocida y estigmatizada. Allí confesaba que, tras mis triunfos deportivos, tras las medallas y los elogios, se escondía una vida de fracasos personales. Allí compartía las mil y una anécdotas y correrías que llenaron mi vida en aquellos años. Y allí también contaba cómo lo que había empezado como un inocente flirteo con el alcohol y otras drogas me había llevado a una situación límite; yo diría que al borde de la muerte. Pero también explicaba cómo, a pesar de las dificultades, lograba al fin conseguir salir de ese infierno y rehacer mi vida.

El ingreso.

Fue mi mujer, la madre de mi hija mayor, la que me dijo que había un centro donde podría desintoxicarme; que allí había ido el padre de un amigo, por problemas de alcohol, y había conseguido dejarlo y volver a tener una vida. Ni más ni menos que lo que yo necesitaba. A ella hacía tiempo que la había abandonado, después de comportarme fatal. De hecho, había fracasado ya estrepitosamente en dos relaciones estables, con dos hijas de por medio. Como todos los adictos, había destrozado mi entorno más próximo. Pero, no sé por qué, aún confiaba en mí y me quiso ayudar al ver que mi situación era desesperada y que, realmente, tenía la firme intención de cambiar de vida. Una ayuda que representaba para mí la última esperanza para dejar de una vez por todas aquella vorágine de consumos que me había conducido al abismo.

Tiempo después he podido comprobar que todos los adictos que acuden al centro donde me dieron los recursos para poder cambiar de vida y donde he venido ejerciendo de terapeuta disponen de esa oportunidad que les ofrece alguien cercano. Por muy mal que estés y por mucho daño que hayas hecho a los que te rodean, siempre suele haber alguien que te da ese apoyo in extremis, entienda o no que lo que realmente te pasa es que estás enfermo. En mi caso, quien me ayudó fue mi ex mujer, y por mucho que se lo agradezca no sé si podrá llegar a saber el alcance de lo que hizo. Posiblemente me salvó la vida.

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