Una novela hilarante y sarcástica, con un estilo exquisito y rabiosamente contemporáneo, que narra la experiencia de un «latino legal» en Estados Unidos.

Marce está a punto de cumplir con su sueño americano. Una novia norteamericana, un prometedor viaje de Los Ángeles a Filadelfia, una beca para estudiar en la Universidad de Pensilvania, una nueva vida lejos del horroroso Chile. Pero el sueño no dura demasiado. Nada más llega a Estados Unidos es abandonado por su novia, sus compañeros de postgrado resultan insoportables, es víctima de una estafa por internet, se queda solo. Estados Unidos resulta ser un desolado y absurdo desierto donde los sueños y los comportamientos están rígidamente ordenados. La única solución es seguir viajando seguir rodando para tratar de volver al mundo de partida. Junto con su amigo argentino, Simón Alejandro -otro latinoamericano extraviado en la universidad-, decide emprender un viaje desenfadado y poético por ese enorme país de carreteras interminables. Con una ironía sin igual y una prosa de inaudita fuerza, esta primera novela de Marcelo Rioseco -premio de poesía Revista de Libros- narra la historia de un desengaño amoroso en un mundo donde los límites se difuminan, como las culturas, las identidades, los idiomas y las extravagantes existencias de los personajes que se entrecruzan con esta inusitada historia. Un libro exquisito y rabiosamente contemporáneo.

Going to Philadelphia.

«Mis amigas te van a encontrar exótico», dijo sin cambiar el tono de voz. «¿Exótico?», pregunté con cierta incredulidad. «Exótico por ser chileno», agregó. «¿Y qué tiene de exótico ser chileno?» «Bueno, para ti nada, pero para ellas es algo nuevo, trendy. You know what I mean?» «¿Exótico como el monito tití?», insistí. «No, Marce, no es algo negativo. Pero no te preocupes, nadie se va a dar cuenta de que no eres norteamericano. Tienes un tipo muy internacional.»

Un tipo muy internacional. Vaya a saber usted lo que esto significa en la cabeza de una mujer que nació en el país que lanzó la bomba atómica. En el túnel apareció entonces una luz blanca, luego el ruido de los vagones inundó la estación y un frío viento sacudió el andén. Estábamos en Santiago, metro Salvador.

Un buen nombre para una mala broma.

La gente se aproximó lenta y desordenadamente a los vagones que frenaban ante nosotros. Kimberly se levantó, sonrió y mirándome con dulzura puso una mano sobre mi cabeza. «You are gonna be okay, sweety. Don’t worry. I’ll be there.» Me levanté sin apuro. «¿Exótico?», pensé mientras caminaba en dirección a un vagón que abría sus puertas. Kimberly se adelantó y vi como entraba en él y se confundía entre la gente. Eran las siete de la tarde y los vagones estaban repletos de oficinistas, estudiantes, secretarias o simples trabajadores; gente que volvía a sus casas, cansados, deprimidos o simplemente hastiados de Santiago, el tráfico y los atochamientos. Entré al vagón y me paré como pude cerca de Kimberly. Algo dentro de mí se sentía como una especie aborigen en extinción…

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